jueves, 20 de julio de 2017

Participación en el Programa Caminos de tiza (TV Pública de la Argentina) acerca de "La función de la escuela en la adolescencia".

Gracias a Mirta Goldberg por la invitación.


https://www.youtube.com/watch?v=y4tfNU0FvBc


https://www.youtube.com/watch?v=qsa1ecf9HeU




domingo, 5 de junio de 2016

“Las juventudes exigen modalidades de aprendizaje fuera del ámbito escolar”

Pablo Vommaro, doctor en Ciencias Sociales de la UBA y uno de los disertantes del Congreso de Ciudades Educadoras, sostiene que la educación hoy tiene otro sentido para los jóvenes quienes adquieren muchos de los conocimientos fuera del aula.
Nota publicada en Rosario3.com el 2 de junio de 2016 por Sofía Espejo. URL: http://www.rosario3.com/noticias/Las-juventudes-exigen-modalidades-de-aprendizaje-fuera-del-ambito-escolar-20160602-0027.html

Hoy, en el segundo día del XIV Congreso Internacional de Ciudades Educadoras, Pablo Vommaro, profesor de Historia, investigador del CONICET y doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires, participará como ponente en la mesa “Juventudes interpeladas. De los problemas de las juventudes a la ampliación de derechos”, junto a Ernesto Rodríguez y Carles Feixa Pampols.
“El concepto de ´juventudes interpeladas” tiene que ver con pensar disparadores que nos ayuden a pensar reflexionar sobre los jóvenes. Hay un doble juego: las juventudes nos interpelan y a la vez los investigadores interpelamos a las juventudes. Las juventudes están todo el tiempo invitándonos a realizar reflexiones innovadoras, a actualizar los pensamientos y formas de abordaje”, explica Vommaro, quien además posee un Posdoctorado en Ciencias Sociales, Niñez y Juventud avalado por CLACSO.
Los temas que se abordarán en la mesa de diálogo tienen que ver con rasgos característicos de las juventudes actuales. Como detalla el investigador: “Por un lado, la diversidad, que no debe ser vistao como una falencia o un elemento de vulnerabilidad o de dificultad para poder trabajar con los jóvenes, sino más bien como una característica propia de los mundos juveniles hoy: vivir en la diferencia, poder buscar lo común en la diferencia. Y una segunda característica tiene que ver con las desigualdades que atraviesan las sociedades latinoamericanas pero que se agudizan o profundizan si se las cruza con la dimensión generacional, es decir, la desigualdad en términos de generaciones. Estas diversidades y desigualdades de las juventudes van a ser abordadas a partir de dinámicas urbanas de procesos de disputa por lo público, de uso, producción y apropiación del espacio, entendido como territorio, como un lugar social y políticamente producido”.
Considerando los cambios producidos por la sociedad tecnologizada, en aspectos relativos a la educación, el trabajo, la familia, ¿Cómo es el joven hoy? ¿Qué se le exige desde la sociedad, qué problemáticas enfrenta y cuál es el rol que ocupa?
No sé si hay una definición unívoca de lo que es el joven hoy, sino que más bien hay que hablar de las pluralidades, diversidades, multiplicidades que caracterizan a las juventudes actualmente. Partiendo del análisis de las juventudes en plural considero que hoy en día los conceptos de educación, trabajo y familia están fuertemente transformados, así como las otras instituciones modernas, el Estado y las formas de relacionamiento entre las juventudes y las políticas públicas. Pero también cambiaron los sentidos que las juventudes producen y otorgan a estas instituciones. Por ejemplo, hoy en día, el lugar y el significado que tiene la educación en los jóvenes es muy distinto al que tenía hace 40 años. La educación hoy con las nuevas tecnologías tiene otro sentido, ya no podemos pensar solamente en los espacios de educación formal sino que es necesario pensar en otros ámbitos educativos, no formales, de formación continua y más cotidiana.
Actualmente, la mayoría de los conocimientos que los jóvenes incorporan se adquieren fuera del ámbito escolar, en la relación directa que tienen con los dispositivos tecnológicos y con sus pares. Es por eso que hay que descentrar la educación puramente del espacio escolar y hay que pensar en políticas públicas que propongan otras modalidades de aprendizaje que las juventudes necesitan hoy para poder incorporar y producir el conocimiento, incorporando otras formas de relacionarse, otros lenguajes que desbordan lo que se produce exclusivamente en el aula.
Similares reformulaciones se dan en el ámbito del trabajo. Hoy en día los sentidos del trabajo para las juventudes son muy diversos, no solo porque no se piensa en un trabajo permanente, donde uno vaya progresando y ascendiendo, sino que son más bien trabajos intermitentes, esporádicos, discontinuos, en especial en jóvenes de sectores populares en los que hay mucha informalidad. No hay trabajos como horizontes o como metas, hay salidas y entradas. En un mercado laboral precarizado globalmente son las juventudes las que más están sufriendo.
Como contracara, uno puede pensar que la mano de obra está juvenilizada y que muchas habilidades, como el manejo de las nuevas tecnologías que hoy en día son requeridas como fundamentales para un empleo, son patrimonio de las juventudes. Entonces, es posible decir que los jóvenes están más preparados para la empleabilidad presente por usar las nuevas tecnologías, por ser nativos digitales, pero simultáneamente están más precarizados y flexibilizados. Uno de los indicadores que nos muestra esto es que el desempleo juvenil en la mayoría de los países es dos a tres veces más que el desempleo adulto. Creo que es otro de los elementos a tener en cuenta para analizar la relación entre juventudes y empleo.
Se habla constantemente de las generaciones Y, Z, milllennials. Esta rotulación permanente, ¿es una simplificación o reducción del concepto de joven?
Sin dudas eso es una reducción, pero es interesante pensar características que puedan ayudar a comprender a algunas generaciones que tienen que ver con rasgos epocales. Hablar de generaciones para concebir a los jóvenes nos ayuda a pensar las juventudes como producciones situadas, témporo-espaciales, sociohistóricas, culturales, relacionales y contribuye a su interpretación. Obviamente uno no podría pensar a las generaciones como algo homogéneo, unívoco. Estas tienen que ver también con los lugares donde se gestan; territorios y generaciones son dos nociones muy emparentadas.
¿Pensás que en esta revalorización de lo juvenil hay una sobreestimación de lo joven como atributo en detrimento de todo lo que no es innovador, emprendedor o atractivo?
Creo que hay una sobreestimación de lo juvenil en cuanto a “lo nuevo”. Creo que asistimos en los últimos años a un proceso de “juvenilización” de la vida, del trabajo, de las pautas sociales, de consumo, etc. Pero creo que ese fenómeno muchas veces se sobreestima y se hace una asociación lineal entre juventud y novedad, juventud e innovación. La característica generacional de las juventudes es que necesitan abrirse paso en un mundo ya dado, que ya les preexiste, con relaciones sociales y de fuerza ya previstas, pautas de comportamiento y estructuras establecidas. Ellos tienen que hacerse su lugar en un status quo ya consolidado y ese irrumpir en un mundo producido por otros crea conflictos, disrupciones, y lleva a buscar posibilidades de innovación. Hay jóvenes que siguen reproduciendo, copiando esa sociedad dada, con sus propias formas de participación, que no son nuevas pero son juveniles. No hay que asociar solo lo juvenil con lo diferente, sino con formas de relacionarse, de ser, estar y aparecer en el mundo.
Se habla de que en los últimos diez años el joven volvió a ocupar un rol protagónico y participativo en el escenario político que en los 90 se había perdido. ¿Considerás que esto sucedió así y por qué?
En estos últimos años, no solo en Argentina sino a nivel mundial, en muchos países como Chile, Colombia, México, Brasil, Uruguay, Guatemala, Honduras, las juventudes aumentaron su protagonismo político, su visibilidad. Ahora, eso no creo que eso sea una emergencia de juventudes dormidas que se politizan repentinamente o que regresó la política luego de años de aridez o de inactividad. Creo que las formas de politización de los 90 fueron muy distintas a las de los 80 y a las de post 2001, pero son las que permiten la politización de los últimos diez años. Entonces, no creo que pueda entenderse la politización de la última década sin advertir que los años anteriores también tuvieron espacios de participación, quizás no referenciados en el Estado o los partidos políticos sino más volcados a movimientos territoriales, barriales, rurales, que buscaban autonomía.
Creo que es comprobable que en los últimos años aumentó la participación política juvenil en forma visible, más efectiva, más pública, pero no diría que fue un retorno de la política tras años de sequía. Una de las innovaciones o fenómenos de la politización de esta última década es que el Estado regresó como espacio interesante de producción política, como arena de disputas, y como posible escenario para elaborar el cambio social. Las políticas públicas volvieron a interpelar a las juventudes. Eso sí es un cambio fuerte respecto a otras épocas. Antes del 2001 las juventudes militaban contra el Estado, teniéndolo como adversario o paralelizándolo, buscando espacios alternativos, luego del 2003 los jóvenes regresaron su mirada hacia el Estado, volvieron a ver la política pública como un espacio posible de participación. Ya no se milita contra lo estatal si no que se milita por, desde o para el Estado, hay un acercamiento hacia las instituciones públicas. Eso es un signo distintivo de la politización en Argentina esta última década.
¿Qué es para vos una ´ciudad educadora´? ¿Qué debe hacer una ciudad, desde sus diferentes sectores, para ser una ciudad educadora?
Es una ciudad que promueve los espacios para encontrarse, que preserva y busca ampliar los espacios públicos, que brinda oportunidades y busca fortalecer los colectivos juveniles con capacidades ya producidas y no siempre estar creando programas públicos que se superpongan con lo que ya existe. Es una ciudad que preserva las formas de estar juntos, que busca espacios de despliegue de las potencialidades y que reconoce la capacidad social de los jóvenes para buscar formas de educación, de empleo, de relacionamiento, de producción cultural que son alternativas y potentes.

viernes, 31 de julio de 2015

Hay una juvenilización de la sociedad - Entrevista en el Diario Pagina 12 - julio 2015

“Hay una juvenilización de la sociedad”

Pablo Vommaro reflexiona sobre la revalorización de los jóvenes y advierte que, en paralelo, se produce “una lectura de conflictos políticos en clave generacional”, por la que ciertos conflictos “no se presentan como disputas ideológicas sino como disputas generacionales”.

“La juventud aparece hoy como un valor en sí mismo. En política, y a nivel social en general, decir que un político o una fuerza política son jóvenes ya significa un atributo positivo”, afirma Pablo Vommaro, autor del libro Juventudes y políticas en la Argentina y en América Latina, primer volumen de la colección “Las juventudes argentinas hoy: tendencias, perspectivas, debates” (Grupo Editor Universitario). Posdoctor en Ciencias Sociales e investigador de Clacso, Vommaro señala –en diálogo con Página/12– aspectos que identifica como las ramificaciones de un proceso de “juvenilización” y asegura que muchas disputas políticas que son de naturaleza ideológica aparecen hoy bajo la forma de “disputas generacionales”: la nueva política contra la vieja.

–¿Por qué propone un “enfoque generacional” para estudiar a las juventudes y sus relaciones con las formas políticas?
–En parte tiene que ver con un desplazamiento de dos conceptualizaciones que, aunque parecen antiguas, siguen estando operativas sobre todo en el sentido común y en algunas políticas públicas. Por un lado, una concepción de los jóvenes más en clave biologicista: la juventud sólo como ciclo de vida. La segunda cuestión de la que era importante correrse era la concepción de la juventud en tanto moratoria. Es decir, en tanto suspensión del ciclo de vida, como un paréntesis: no es niño ni adulto, todavía no es ciudadano, todavía no es padre, todavía no es trabajador. Está en un momento propedéutico de introducción para cuando sea grande. La perspectiva generacional permite desplazarse de esas dos conceptualizaciones y, en segundo lugar, permite incorporar una serie de dimensiones sociales, culturales, históricas, relacionales que permite encarar a la juventud como una producción social.

–¿Este concepto más maleable de juventud es el que le permite identificar un proceso de “juvenilización” en la sociedad?
–Totalmente, y yo creo que es uno de los proceso más estructurales, que permite también entender el lugar importante de la juventud hoy en la política. Yo creo que en el mundo contemporáneo hay dos procesos que son la juvenilización y la feminización de la sociedad. La feminización tiene que ver con un montón de atributos supuestamente femeninos que hoy en día están difundidos por todas las dimensiones sociales. Y la juvenilización responde a una creciente importancia y valorización de lo juvenil en el conjunto de la vida social, no sólo de los jóvenes como sujetos, sino de atributos que podemos interpretar como juveniles. Tanto en las dimensiones culturales, en las pautas de consumo, estilos de vida, en la fuerza de trabajo y en otros ámbitos como las sexualidades o las migraciones y, claro, en la política.

–¿La juventud es hoy un atributo valioso para la política?
–Hoy lo juvenil se ha convertido en un valor positivo, que genera adhesiones y simpatías. Podemos decir que la juventud aparece como un valor en sí mismo. En política y a nivel social en general decir que un político es joven o una fuerza política es joven ya significa un atributo positivo. Y está bueno pensar cómo se construyó eso, porque hace 30, 40 años ¿qué se valoraba en política? La experiencia. Es el típico discurso de Perón, de Balbín: “Yo sé gobernar y como ya goberné, los quiero seguir gobernando”. Hoy en día, salvo excepciones, es “yo soy joven, yo no sé de política”. El paroxismo es Miguel Del Sel: “Yo soy un actor que no sé ser diputado, no me interesa la política, no quiero ser político: vótenme para gobernador porque no soy un político”. Entonces, hay una cuestión de una productividad de lo joven, hay una lectura de conflictos políticos en clave generacional. Es decir, conflictos que en realidad son de modelos políticos, de objetivos, de ideología, no se presentan como disputas ideológicas o de modelos políticos: se presentan como disputas generacionales: la nueva política contra la vieja política.

–¿Los ’90 no fueron años de apatía y desmovilización juvenil, como suele decirse?
–Los ’90 no fueron un momento de apatía, ni descompromiso, ni desinterés militante. Fueron un momento de recomposición militante. Uno puede ver un ciclo donde en los ’80 y fuertemente a partir del ’83 hay una primavera de participación democrática que se suele leer como participación de juventudes partidarias: la Coordinadora radical, la Juventud Universitaria Intransigente, el MAS, la Juventud Universitaria Peronista. Pero también hay una militancia barrial fuerte y una militancia en movimientos como son los de derechos humanos, que no son estrictamente partidarios. Si uno piensa que los ’80 fueron un momento de gran participación política, con la crisis de la deuda, las leyes de impunidad y un montón de cosas que demostraron que con la democracia no se comía, no se educaba y no se curaba, se produjo un desencantamiento ciudadano muy fuerte. Entonces vino el menemismo a prometer que se iba a recomponer esa confianza. Y se ven los ’90 como un momento de resistencia al neoliberalismo, pero con descompromiso, como una resistencia fragmentada, desde la individualidad, y con el aumento de la pobreza, el desempleo, la ruptura de lazos sociales. Todo eso existió y es un costado, pero también los ’90 fueron un momento de resignificación política donde la política en los barrios, la política de proximidad, la discusión de la representación por sobre la participación y todo lo que emerge o estalla en el 2001 comenzó a gestarse. Entonces yo diría que los ’90 no fueron un momento de descompromiso, sino de generación de otras formas de compromiso político, alternativas al sistema político y sus canales instituidos de la política.

–¿Qué pasó con los jóvenes luego de la crisis del 2001?
–Todo eso que señalé sigue existiendo, pero hay también un regreso a una confianza en el Estado y a un reencantamiento con lo público, que tiene dos costados: por un lado, una nueva centralización en el Estado como arena de disputa o como herramienta de cambio social. Si en los ’90 se militaba contra el Estado, después del 2003 y claramente desde el 2008 hay muchas juventudes que militan por el Estado, para el Estado o desde el Estado. Y eso no sólo tiene que ver con las juventudes kirchneristas, sino con varias fuerzas oficialistas a nivel provincial o distrital. Pero también hay un segundo proceso que tiene que ver con la ampliación de lo público, con la aparición de lo público no estatal. Por ejemplo, hoy aparece una política pública que para ser eficiente tiene que estar ejecutada desde los territorios y tiene que aliarse con organizaciones sociales. Ya un Estado no puede operar casi ninguna política pública sin que haya gente que la milite.

–¿Esa es una de las explicaciones posibles de por qué el kirchnerismo hace tanto hincapié en la juventud como uno de sus pilares?
–Sin duda. En el kirchnerismo coexisten al menos dos discursos sobre la juventud que son bien interesantes porque parecieran contradictorios, pero coexisten sin demasiado conflicto. Por un lado, lo que yo llamo la juventud futuro: una apelación a los jóvenes como los dirigentes del futuro: “Ustedes son mi relevo”. Ese discurso, que es más bien clásico, coexiste con el de la juventud presente, que es: “ustedes tienen hoy la responsabilidad, asuman hoy la responsabilidad”. Entonces hoy el ministro de Economía es joven, hay lugar para los jóvenes en la lista de diputados. Estos discursos contradictorios también moldean alguna política pública: hay algunas políticas públicas que están pensando más en formar a los jóvenes para mañana y otras que están pensando más en cómo los jóvenes pueden participar hoy.

–En su libro señala que hubo una ampliación de derechos y políticas públicas que alcanzaron a los jóvenes, pero que a la vez se sigue manteniendo un enfoque “adultocéntrico” en la puesta en marcha de estas medidas. ¿A qué se refiere?
–Creo que las políticas públicas de juventud tienen sobre todo dos falencias fundamentales: siguen siendo adultocéntricas y no son integrales. Lo adultocéntrico tiene que ver con políticas públicas de juventud pensadas desde el mundo adulto, sin participación o con participación subordinada de los jóvenes en su formulación. Siempre uso el ejemplo de las políticas de género: hoy es impensado que cualquier política de género no tenga participación de las mujeres en su planificación. Ahora, se naturaliza que los adultos formulen políticas públicas para los jóvenes. Tiene que ver mucho con cómo involucrar la participación directa no de jóvenes aislados, sino el protagonismo de colectivos juveniles. Pensar cuáles son las capacidades, qué saben hacer esas juventudes y cómo poder aprovechar esas capacidades para potenciar o fortalecer una política pública. Y cómo incorporar también las concepciones que tienen los jóvenes sobre determinados temas en las políticas públicas. Por ejemplo, muchas políticas de empleo siguen pensando en reinsertar al joven o mejorar su empleabilidad en el mercado laboral, pero no se centran en la concepción que los jóvenes tienen hoy del trabajo, que es muy otra a la de algunos años atrás: es un trabajo que está mucho más vinculado a la satisfacción de necesidades inmediatas y al consumo que al trabajo como un recorrido de vida que me da una satisfacción personal. Eso no se lo incorpora en los planes de empleo y hace que muchos planes fracasen.
Entrevista: Delfina Torres Cabreros.

Entrevista en Ni a Palos (Diario Tiempo Argentino)



ENTREVISTA A PABLO VOMMARO



Por Diego Sánchez
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Más allá de las lecturas que acaso lo reduzcan a un slogan, una invocación coyuntural o una fina trama dentro de las lógicas de mercado, el peso de las juventudes en el mundo contemporáneo es, desde hace décadas, insolayable a la hora de analizar las distintas dinámicas sociales. Política, economía, lenguaje se articulan, en todos sus niveles, alrededor de la noción de “joven”, y sobre eso intenta reflexionar “Las juventudes argentinas hoy: tendencias, perspectivas, debates” (Grupo Editor Universitario), una nueva colección de ensayos que abordan diferentes temáticas generacionales. Política, participación, territorio digital, género, sistema carcelario y educación son algunos de los ejes de esta serie de reciente aparición. Pablo Vommaro es su director y autor también de unos de sus títulos, Juventudes y políticas en la Argentina y en América Latina. Con él hablamos de la “juvenilización” del mundo, las formas que adquiere la participación política y las tensiones a la hora de pensar políticas públicas de juventud en Argentina.

¿Por qué elegir a la juventud como objeto de estudio?
Hoy las juventudes en el mundo contemporáneo tienen una incidencia social muy importante. En muchos países las movilizaciones, los colectivos y las producciones juveniles marcan la dinámica social. Eso tiene que ver con un proceso que podría resumirse como de una “juvenilización” del mundo: una “juvenilización” de la fuerza de trabajo, de las pautas de consumo, de las subjetividades, esa idea de que hoy los padres se parecen más a los hijos que los hijos a los padres. Esa frase del sentido común habla de un proceso de visibilización y de protagonismo juvenil importante. Yo creo que desde hace unas dos o tres décadas, y creo que va a ser así al menos por un tiempo, entender las dinámicas juveniles es una puerta de entrada para entender la dinámica social. Comprender los modos de hacer política, de manifestarse de los colectivos juveniles te permite entender gran parte de los conflictos políticos hoy. En ese sentido la idea de la colección es entender cómo se produjo este proceso sin naturalizarlo sino más bien desmenuzándolo.
Tanto esa “juvenilización”, como también la “feminización”, son ejes que marcan el pulso de las dinámicas sociales contemporáneas. ¿Cómo creés que modificaron las estructuras para pensar lo social, lo político, lo económico?
Yo creo que como todo proceso social, o al menos como yo miro todo proceso social, el aporte de estos procesos es ambivalente. No hay que negar que son procesos que tienen que ver con la producción capitalista, hoy en día las subjetividades se han vuelto objeto de procesos de producción. Entonces tenés, por un lado, apropiación de pautas femeninas, de pautas juveniles, de modos de ser por parte del sistema capitalista, pero también una dinámica que abre potencialidades. Porque uno puede decir que esta “juvenilización” del mundo también le da un protagonismo social a los colectivos juveniles cuando antes estaban más relegados a una subordinación o a un relevo generacional a futuro. Y si bien hoy eso sigue todavía levemente en pie, se le da a la juventud una oportunidad para el despliegue de potencialidades que antes quizás no tenía o estaba mucho más tensionado. Hay más consenso social para que los colectivos juveniles o de mujeres ocupen lugares sociales de mayor relevancia. Creo que esa es la oportunidad, sin dejar de ver la otra cara que tiene que ver con la apropiación de estos procesos por parte de la producción capitalista. No es que estamos a las puertas de un socialismo donde los jóvenes son iguales y las mujeres tienen todos los mismos derechos, pero sí hay que ver este proceso de ampliación social. El objetivo es visibilizar dinámicas que se pueden desplegar como una potencia transformadora aunque hoy en día todavía sean contradictorias.
¿Por qué pensar en “juventudes”?
La noción de “juventud” como sujeto social y político es más bien reciente, comienza en el período de entreguerras y tiene su gran quiebre en los 60. A partir de ahí la juventud gana, digamos, un lugar como sujeto, con producciones propias, música, cultura, sexualidad, formas de ser… Ahora, hoy en día creo que es imposible hablar de la “juventud”, de un sujeto social homogéneo. Creo que hay que desnaturalizar a la juventud como algo dado para empezar a ver sus diversidades, que no siempre supone algo positivo porque también incluye a las desigualdades.
En tu libro hablás de “diversidad y desigualdad” como dos de los principales rasgos de las juventudes hoy.
Exactamente. Creo que hay dos dinámicas políticas fundamentales hoy en Argentina y en América Latina, que son, por un lado, el tema de la dinámica diversidad/desigualdad, o diferencia/desigualdad, y por otro lado la cuestión de lo público. La dinámica diversidad/desigualdad tiene que ver, por un lado, con abordar la diversidad como una característica de esas juventudes, y verla no como una debilidad sino como una condición de posibilidad para desplegar potencia, y, por otro lado, poder ver la desigualdad. Hoy en día muchos indicadores económicos están peor entre los jóvenes. El desempleo juvenil, en la Argentina, es casi el doble, y en algunos países el triple, que el desempleo adulto. Hay que ver también las desigualdades de género, culturales, laborales, educativas. Y creo que ahí el desafío es cómo construir una igualdad que no sea homogénea, cómo construir una política hacia la igualdad que no homogenice y rescatar la diferencia en la igualdad.
Tu libro aborda la participación política juvenil en Argentina y América Latina. ¿Cuáles son las características fundamentales de estas experiencias?
Mi interés por los modos juveniles de hacer política tiene que ver con un interés por los modos sociales de hacer política, no sólo juveniles. En ese sentido, las formas de participación política o las configuraciones generacionales de la política hoy tienen que ver fuertemente con acción directa, con la escenificación en el espacio público, con una ocupación y una disputa por lo público, y que tiene que ver también con formas de democracia directa o al menos de tensión entre participación y representación, aún en los grupos juveniles más asociados con lo partidario o que puedan mantener cierto verticalismo. Todo militante juvenil quiere participar, se reúne para tomar decisiones colectivas, aunque sea a nivel local o aunque luego haya una “bajada de línea”. Hay una tensión, que en algunos colectivos es mucho más amplia y en otros es aún larvada, entre participación y representación. Y después lo que tiene que ver fuertemente con todo lo relacionado con los territorios digitales, que no son solamente formas de comunicar o visibilizar la práctica política, sino que muchas veces configuran esa práctica, aunque yo creo que, como dicen algunos brasileños, todavía existe tensión entre lo online y lo offline, la dinámica presencial sigue siendo muy fuerte.
¿Qué diferencias encontrás entre la participación política juvenil en Argentina y en el resto del continente?
Creo que en Argentina lo que sucede es que, por un lado, hay un sistema político partidario que, si bien entró en una crisis muy fuerte en el año 2001, es de alguna manera más estable o más sólido en comparación con, por ejemplo, Brasil. Hay una posibilidad de canalización a través de la política partidaria más fuerte. El proceso de recomposición estatal también es fuerte, al Estado se lo ve como un espacio de posible intervención política, no como adversario solamente sino como una arena de disputa política o una herramienta. Y creo que en Argentina además el lugar del territorio cobra una singularidad que se imbrica con la experiencia obrera, estudiantil, con la experiencia de muchas comunidades religiosas, que se entrelazan y producen movimientos colectivos que hoy parecen novedosos pero que si uno rastrea están mucho más enraizados en procesos de mediana duración que lo que uno podría ver. En Argentina hay un lugar de lo partidario mucho mayor que en otros países pero igual en otros países también existe. En Chile, por ejemplo, la movilización estudiantil ha producido nuevos procesos juveniles y hasta diputados que han conquistado lugares en el sistema político, lo mismo en Brasil. En Argentina tiene más fuerza pero no es un proceso que no se produzca en otros países hoy.
¿La mayor participación de los jóvenes en política y en muchos casos en el propio Estado produce una mayor elaboración de políticas públicas juveniles? ¿Cómo ves en Argentina la correlación entre esa “juvenilización” y el trazado de políticas sectoriales o con perspectiva “juvenil”?
Hoy en día la mayoría de las políticas que atañen a la juventud son elaboradas sin participación de los jóvenes. La única política pública reconocida como de juventud es la sectorial, en espacios como la Subsecretaría de Juventud, donde sí hay participación de jóvenes, pero no hay participación juvenil en otros temas de agenda pública, por ejemplo, seguridad, trabajo, educación, un montón de temas que son de políticas públicas de juventud y que no se visibilizan como tales. Creo que falta asumir como políticas públicas de juventud otras políticas que no son las sectoriales. Por ejemplo, los planes de empleo juvenil o el sistema educativo. Falta una participación y una transversalidad de lo generacional en la política pública, que sí lo hay con las cuestiones de género. Hoy cualquier política social tiene su dimensión de género y no tiene su dimensión generacional, juvenil.
En tu libro señalás que el sector de la juventud es uno de los más beneficiados por la ampliación de derechos de las últimas décadas en la región. ¿Qué falta todavía?
Creo que un plano fuerte tiene que ver con salud sexual y reproductiva, sobre todo en la mujer pero no solo en la mujer, que incluye el derecho al aborto o al menos al aborto no punible y que afecta fuertemente a la juventud aunque, otra vez, no se tematice como política pública de juventud. Otro tema es el trabajo. Las políticas laborales están muy enfocadas en ayudar a que los jóvenes se inserten en el mercado de trabajo, pero no hay herramientas para ver en qué condiciones lo hacen. Es el empleo y no las cárceles hoy una puerta giratoria para los jóvenes, porque entran, están seis meses, un año, y son expulsados por el propio mercado laboral que los sobreexplota en jornadas de doce o catorce horas, que les paga poco, que no les da vacaciones, que no les da permisos de estudio. Creo que la política laboral tiene que poder incidir en las condiciones de trabajo de esos jóvenes. Un tercer pendiente tiene que ver con el medio ambiente, que no tiene que ver solo con la ecología sino con condiciones de vida, con salubridad, con poder recuperar espacios agrícolas para que las juventudes rurales tengan su espacio de desarrollo. El modelo sojero muchas veces expulsa población y mucha de esa población es en gran parte juvenil. Como cuarto punto yo marcaría el tema educativo, que en Argentina hay algunos desafíos que por suerte están resueltos, como la gratuidad o la cobertura, pero falta lo que tiene que ver con la calidad, con la retención, con las condiciones del sistema educativo y, sobre todo, en la enseñanza media. Y lo último tiene que ver con la cuestión del espacio público y el derecho a la ciudad, todo lo que tiene que ver con la segregación urbana, que aunque no esté tematizada como juvenil, de nuevo, es juvenil, porque son los jóvenes los segregados a las periferias urbanas, los criminalizados o judicializados cuando van al centro. Por ejemplo, la Marcha de la Gorra en Córdoba tiene que ver con eso, con que los jóvenes de gorrita, de clases populares, si van al centro de Córdoba son detenidos por la policía. Estos, creo, son los cinco grandes problemas de agenda que no están resueltos y que deberían serlo. Y digo cuál no: el tema de los llamados “jóvenes ni-ni”, una noción que victimiza y culpabiliza a las juventudes, diciendo que el problema de las juventudes es que no hacen ni una cosa ni la otra, y por lo tanto hay que interpelarlos desde la incapacidad para incluirlos en un sistema social. Esa forma de interpelar a las juventudes es totalmente improductiva y contraproducente. Hay que evitar caer en estereotipos fáciles.

Títulos de la colección:

Juventudes, políticas públicas y participación, de Melina Vázquez

Conexión total, de Marcelo Urresti, Joaquín Linne y Diego Basile

Radiografías de la experiencia escolar, de Pedro Nuñez y Lucia Litichever

Tiempo de chicas, de Silvia Elizalde

Adentro y afuera, de Silvia Guemureman

Juventudes y políticas en la Argentina y en América Latina, de Pablo Vommaro

martes, 26 de marzo de 2013

2001 antes y después: la consolidación de la territorialidad

Cita: Vommaro, Pablo (2012). “2001 antes y después: la consolidación de la territorialidad”. En Revista Forjando Nº1, julio de 2012, Buenos Aires. Pp. 106-117. ISSN: 2313-9021

2001 antes y después: la consolidación de la territorialidad 

Dr. Pablo Vommaro (UBA/CONICET-CLACSO) 

Diciembre de 2001 constituyó un hito en la historia argentina reciente. Más allá de la profundidad que le asignemos a los cambios que se produjeron, de las explicaciones que encontremos o de los ecos que identifiquemos en el proceso histórico posterior, el consenso social, político y académico sostiene que en ese momento se produjo un quiebre que involucró diversas dimensiones de la vida privada y pública de los argentinos . Durante las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001 una movilización popular que ocupó las calles de la Ciudad de Buenos Aires, el Conurbano y las grandes ciudades de las provincias (como Rosario) desalojó del gobierno a De la Rúa obligándolo a renunciar a la presidencia de la República que ejercía desde diciembre de 1999. Durante los días previos el Partido Justicialista le había quitado el sustento parlamentario al gobierno de la Alianza. Muchas son las caracterizaciones que se elaboraron sobre este momento. Pérez se refiere a este período como “quilombo” definido por la “pérdida de referencias” sociales (Pérez, 2008). Otros autores hablan de “Argentinazo” para aludir al carácter de rebelión popular e impugnación del orden dominante de los sucesos de aquellos días. La noción de “momento constitutivo” o “momento original” que acuñó el autor boliviano Zavaleta Mercado para interpretar períodos de conmoción y cambio acelerado en Bolivia, también puede ser útil para entender lo ocurrido en diciembre de 2001 en la Argentina. Este autor sostiene que en la historia de cada país existen momentos constitutivos u originales que prefiguran los principales rasgos del proceso histórico posterior y sus elementos fundamentales permanecen aunque el tiempo de su gestación haya pasado. Si seguimos esta propuesta, los ecos de 2001 persistirían a más de diez años de aquellos hechos. Por último, el filósofo francés Alain Badiou propuso la noción de “acontecimiento” para designar momentos de gran creación y producción política. Para él, un acontecimiento es algo imprevisto, que rompe con el estado de cosas dominante, que va más allá de la situación existente; y que en este movimiento de disrupción, crea una acción social y política. Es decir, un acontecimiento es a la vez disruptivo y creador, subvierte e instituye. A partir de estos planteos, muchos investigadores argentinos analizaron los hechos del 19 y 20 de diciembre de 2001 en esta clave. Más allá de las diversas posiciones y de los debates que aún existen al respecto, diciembre de 2001 constituyó un acontecimiento político de enormes dimensiones, un punto de inflexión en el proceso histórico cuyas resonancias aun se perciben. Pero para acercarnos a una comprensión lo más integral y profunda posible de este momento es necesario volver a pensar lo que ocurrió en los años anteriores, es decir, en los años noventa, esa larga década neoliberal que comenzó en 1989 y encontró su límite abrupto en el primer año del nuevo milenio. En este artículo abordaremos estos años partiendo de las transformaciones sucedidas a nivel económico, político y social y basándonos en las realidades de los barrios de la zona sur del Gran Buenos Aires, que hemos estudiado en diversas investigaciones. Lo que trataremos de ver es como, además del desguase del estado, el cierre de industrias y el aumento del desempleo y la pobreza; esos años fueron también el momento de despliegue de organizaciones sociales a nivel barrial o territorial que adquirirían visibilidad sobre el final del período. Los años noventa desde una mirada política y territorial La restauración de la democracia sucedida en el año 1983 presentó un panorama ambiguo a nivel social y político. Por un lado, se vivía un momento de auge de la participación popular y de crecimiento de diferentes organizaciones políticas y sociales (partidos políticos, organismos de Derechos Humanos, centros de estudiantes, organizaciones barriales). Por otro, se presentaba el desafío de encausar esa participación en las formas reconocidas por la naciente democracia, lo que implicaba repensar y resituar la política en términos institucionales. Las múltiples expectativas que generó el regreso al sistema constitucional crearon, como sostiene Merklen (2005), una oportunidad para “restituir la política en su lugar”. Fue así como se definieron los contornos de la “buena política”: el actor principal era el ciudadano, el acto político por excelencia la participación electoral a través del voto, y la representación se realizaría a través de los partidos políticos. De esta manera, podemos comprender la intensa participación política en partidos que se desarrolló durante los primeros años de la democracia. En aquellos años fueron especialmente los jóvenes los que más compromiso mostraron en cuanto a las formas institucionales de participación. Por un tiempo, entonces, para muchos jóvenes la política podía ser entendida como sinónimo de participación en las instancias de la democracia representativa (Sidicaro, 1998). Sin embargo, la idea de que la democracia pondría “la política en su lugar” (Merklen, 2005), mostró rápidamente sus limitaciones. Esto se evidenció en lo que Novaro denomina “abismo creciente entre las opiniones e intereses de las personas y las instituciones políticas, la muy baja estima en que se tenía a los políticos y la política, y en especial a los procedimientos partidarios para seleccionar candidatos y tomar decisiones y a cierta sensación general de que las expectativas depositadas en los representantes habían sido, y volverían a ser una y otra vez, defraudadas” (Novaro, 1995). Este fue uno de los elementos que anticipó lo que se desplegaría en los años noventa. En efecto, en la larga década neoliberal (1989-2001) se gestaron modalidades de compromiso y de participación política por fuera y en directo cuestionamiento a las vías institucionales y representativas. Estas mostraron nuevamente los límites del concepto de ciudadanía como única forma de implicación en la vida pública. La defraudación de las expectativas que muchos habían depositado en la democracia representativa –que Rinesi (1993) analiza como un proceso de seducción y abandono- se profundizó frente a los procesos hiperinflacionarios y las sucesivas crisis económicas –y de la deuda- que terminaron en los saqueos y estallidos sociales que signaron los meses finales de la presidencia de Raúl Alfonsín (1983-1989). Asimismo, el entusiasmo que generó el juzgamiento a las Juntas Militares y a quienes habían perpetrado el plan sistemático de aniquilamiento social durante la dictadura, fue frustrado con la sanción de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida entre 1985 y 1987 (anuladas por la Corte Suprema durante la presidencia de Néstor Kirchner). El año 1989, simboliza entonces un momento de agotamiento y ruptura. Según Novaro (1995), este es el año que expresa más claramente el cierre de la etapa de transición hacia la democracia y la frustración de las expectativas ligadas con aquélla, especialmente en cuanto a la posibilidad de que se asentaran las bases para la formación de una democracia de partidos estable que sea capaz de asegurar el bienestar para el conjunto de los ciudadanos. A este agotamiento político siguió un colapso económico que fue incentivado desde el discurso oficial. Así, se impuso el mensaje neoliberal que enfatizaba que la intervención estatal era la causa de muchos de los problemas sociales y económicos y que era necesario, entonces, reducir sus dimensiones y su capacidad de incidir en la vida económica y social. Así, a partir de 1983 los sectores económicos más concentrados vinculados al comercio exterior y el capital financiero, que habían ganado poder político durante la dictadura militar de 1976, continuaron manejando los resortes fundamentales de la economía argentina. La presión externa, debido al creciente endeudamiento y las dificultades recurrentes para el pago, contribuyó al diseño y desarrollo del escenario político que favoreció la implementación de las políticas macroeconómicas neoliberales y mercado externistas que tuvieron su esplendor en la década del noventa bajo los gobiernos de Carlos Menem (1989-1999). Sobre esto, Frederic plantea que “las reformas neoliberales de Menem atacarían el corazón de las políticas de intervención del Estado consolidadas en su mayoría durante el primer gobierno de Perón en 1945 […]. Así, el ‘giro’ de Menem […] desafió las concepciones que habían dominado el pensamiento político y económico argentino del último medio siglo, las clasificaciones sociales y políticas existentes hasta entonces y, fundamentalmente, las prácticas que sustentaban esas concepciones” (Frederic, 2003). De esta manera, se planteó como salida de la crisis económica de 1989 un programa de reestructuración –bajo el eufemismo de racionalización- del Estado que incluyó: privatizaciones, liberalización de mercados (laboral, del comercio exterior), eliminación de barreras arancelarias y para-arancelarias, entre otras medidas. Esta profundización de las políticas que se habían implementado durante la dictadura militar causó un nuevo proceso de desindustrialización, desempleo y aumento de la pobreza. Que las políticas neoliberales y neoconservadoras hayan sido implementadas por un gobierno que pertenecía al Partido Justicialista era una muestra de los cambios que habían sucedido en el sistema político argentino y, en particular, en ese partido. Entre otros elementos, el debilitamiento del peronismo se produjo a partir del resquebrajamiento de los sindicatos y de la redefinición del lugar que históricamente habían ocupado como base del movimiento peronista. Esto se expresó en la disminución del poder sindical, de sus capacidades de movilización y confrontación y en las divisiones que se produjeron en la CGT . Como se observa en la base de protestas realizada por el Grupo de Estudios de Protesta Social y Acción Colectiva (GEPSAC, 2006) la participación de las organizaciones sindicales entre 1989 y 2003 muestra la pérdida progresiva de peso en términos absolutos y relativos de este actor en el escenario de la protesta social. Esto permite reconocer cómo se produce un debilitamiento de la relación entre la movilización social y los actores clásicos del sistema político vinculados, en este caso, a los sindicatos . Para Svampa y Pereyra (2003), la “paradoja de los noventa” consistió en que se produjo una hegemonía política por parte del Partido Justicialista al mismo tiempo que tuvo lugar el momento de máxima añoranza, por parte de los sectores populares, de las políticas sociales integradoras que habían caracterizado a esta organización cuando había gobernado décadas atrás. Para estos autores esta paradoja es la que explica que haya sido posible profundizar un modelo económico excluyente manteniendo una fuerte legitimidad que tenía como soporte la existencia de una cultura política vinculada al peronismo. Estas transformaciones del peronismo estuvieron estrechamente vinculadas con cambios sucedidos entre los trabajadores –los ocupados y ahora también los desocupados- que se expresaron a nivel territorial a partir de dos procesos. Por un lado, el crecimiento de las redes sociales de organización social situadas en el territorio. Por otro, la implementación de diferentes dispositivos de control a nivel barrial que fueran capaces de contrarrestar la organización popular que podía canalizar el descontento en ascenso. Los primeros planes sociales focalizados y el fortalecimiento de la figura de los punteros y las manzaneras fueron parte de este proceso. Estos cambios materiales se combinaron con otros subjetivos que, según Martucelli y Svampa (1997), “remiten menos a una identidad peronista activa como estructura del sentir que a un conjunto de emociones y de lealtades históricas frente al ‘único partido que ha hecho algo por nosotros’”. Como bien señalan estos autores, las mutaciones acontecidas no pueden ser entendidas solo como cambios “desde arriba”, como resultado de la aplicación de políticas diseñadas desde el gobierno. Estas transformaciones deben ser interpretadas también como una respuesta estatal a los cambios que se produjeron entre los denominados sectores populares, es decir a nivel territorial. Llegamos entonces al proceso de territorialización que se desplegó durante la década del noventa. Muchos autores dan cuenta de la “territorialización de la política” que se produjo en aquellos años. El doble proceso de politización de lo cotidiano y territorialización de la política produjo la ampliación de las fronteras de lo político y la creación de formas políticas o militantes innovadoras. Esto es, modalidades de militancias territoriales y comunitarias que podemos llamar político-sociales y que se presentaron como alternativas a la lógica político-partidaria, más ligada a lo estatal. Antes que el reemplazo de una por otra, debemos reconocer las relaciones de tensión, conflicto y contradicción entre estas dos lógicas políticas, que, además, se agudizó en aquellas coyunturas de activación o visibilización de las prácticas territoriales. Esta territorialización también se produjo en el plano estatal dando lugar a lo que algunos autores denominan “molecularización del estado”. Así, desde nuestra perspectiva, más que fragmentación y desafiliación, lo que se produjo durante la década del noventa fue el fortalecimiento y la reactualización de formas alternativas de expresión de la política en los barrios, que resignificaron elementos que se habían esbozado en las décadas pasadas, y anticiparon algunos de los rasgos que se visibilizarían en 2001. Estas otras formas políticas se constituyeron a partir de la territorialización y la creación de espacios comunitarios. Así, la política se resituó en clave territorial y las organizaciones que expresaron estos cambios –las denominadas piqueteras entre las principales- ocuparon un lugar de creciente visibilidad e incidencia en las definiciones públicas del conflicto social. A partir de estos cambios el territorio cobró un lugar de centralidad y se convirtió en una dimensión explicativa para entender las dinámicas económicas, políticas y sociales en un plano más general. En cierto sentido, la lógica del sistema devino territorial. Esta territorialización expresó varias redefiniciones. El barrio se transformó en espacio de producción –y no sólo en espacio producido- y la política se difundió hasta los ámbitos antes considerados privados e íntimos. Esta politización de las relaciones y la vida cotidiana se produjo sobre todo a partir del carácter político que adquirieron las redes sociales de organización que instituyeron vínculos comunitarios en base a la lógica territorial. El proceso de territorialización que mencionamos, lejos de ser analizado como reclusión o retraimiento, potenció y fortaleció la capacidad de los colectivos para desplegar proyectos alternativos. El territorio se transformó en un espacio de pertenencia, de identificación y también de realización, creación e innovación social. Zibechi analiza este proceso concibiendo al año 1989 como el inicio de lo que denomina “un período de ofensiva de los sectores populares urbanos”. Para este autor, las insurrecciones urbanas fueron la forma más visible de esa ofensiva, que pasó también por una “sorda y subterránea sociabilidad” que empezaba a cubrir todas las áreas, desde la salud y la educación hasta la producción material (Zibechi, 2008). Entonces, el 2001 fue irrupción repentina, pero también fue expresión de un proceso que se venía gestando desde los años anteriores. Retomando el proceso histórico, luego de 1998 se aceleró la crisis económica y social del gobierno menemista. Así también, crecieron las movilizaciones sociales tanto en los pueblos y ciudades medianas de las provincias que habían sufrido las consecuencias del cierre de plantas de empresas públicas que habían sido privatizadas o el despido de empleados públicos, como en los suburbios de las grandes ciudades, especialmente de Buenos Aires. Aquí en 1997 se produjeron los primeros cortes de ruta que luego se convirtieron en la modalidad habitual de manifestación de la protesta. Asimismo, estos cortes o piquetes constituyeron la cara visible de organizaciones sociales de trabajadores desocupados que se estaban consolidando en distintas zonas del Conurbano bonaerense. Así, en 1997 se inició un ciclo de luchas populares o un ciclo de protestas que se prolongaría al menos hasta 2006, encontrando en 2001 y 2002 un punto de inflexión. Sin embargo, podemos resaltar un hecho que desafía la mayoría de las impresiones que aún persisten sobre el 2001. Según un informe elaborado en 2006 por el GEPSAC , 2001 no fue el año con más cantidad de protestas del ciclo. Este estudio releva 7263 protestas entre 1989 y 2006, lo que equivale a un promedio de 403 protestas por año. De ese total, solo 294 acciones se produjeron en 2001, lo que coloca a este año por debajo del promedio anual (GEPSAC, 2006). Para explicar esto, Schuster postula una hipótesis que se concentra más en la integración o articulación de las protestas, que en su cantidad. Según una hipótesis que compartimos, es el nivel de integración o articulación de las acciones de protesta, más que su cantidad, lo que define su impacto y capacidad de incidencia política. Entonces, en 2001 hubo menos cantidad de protestas que en los años anteriores y posteriores, pero estas protestas estuvieron muy articuladas entre sí, lo que multiplicó su impacto político y social. En efecto, no sólo los desocupados se movilizaron en diciembre de 2001 y los meses posteriores. Lo singular de aquel momento fue la confluencia en la práctica política y el espacio público de las organizaciones de trabajadores desocupados, con los trabajadores que ocuparon sus lugares de trabajo para recuperarlos, y con los sectores medios organizados en las llamadas asambleas barriales y los movimientos de ahorristas. “Piquete y cacerola, la lucha es una sola” se convirtió en una consigna popular con un significado político tan profundo como efímero. La articulación en la acción de estos tres sectores –si bien se diluyó luego de la represión del Puente Pueyerredón en junio de 2002 y la paulatina recuperación de una parte de los ahorros incautados- produjo un acontecimiento político de escasos precedentes en la Argentina que generó efectos profundos en las distintas dimensiones de la sociedad. 2001 y después… o lo que nos queda de 2001 Luego de una sucesión de designaciones y renuncias de tres presidentes, Eduardo Duhalde fue nombrado por el Congreso para ocupar ese cargo. Él derogó la ley de Convertibilidad, aplicó una devaluación del peso y reforzó la política de incautación de depósitos bancarios, que se conoció como corralón. Por otra parte, su política hacia el conflicto social en aumento consistió en un doble mecanismo. Por un lado, se masificaron los planes sociales. Por el otro, se incrementó la represión. Como parte de este segundo aspecto el 26 de junio de 2002 se produjo lo que se conoció como la Masacre del Puente Pueyrredón, represión en la que murieron dos miembros de organizaciones de trabajadores desocupados: Darío Santillán (del MTD de Lanús) y Maximiliano Kosteki (del MTD de Guernica). Este hecho marcó un punto de inflexión tanto para la dinámica del conflicto social –implicó que algunas organizaciones se retirasen de la acción directa callejera como práctica constante-, como para el sistema político –ya que obligó al adelantamiento de las elecciones. Así, en 2003 Néstor Kirchner asumió como presidente, nuevamente electo por el sufragio ciudadano. Su presidencia terminó en 2007 y fue reemplazado por Cristina Fernández, reelecta en 2011. Podemos afirmar que la llamada crisis de 2001 tuvo múltiples significados para las organizaciones de trabajadores desocupados y los movimientos territoriales en general. Por un lado, les otorgó un marco de visibilidad y legitimidad para la ocupación del espacio público que las acercó a algunas organizaciones que agruparon a sectores medios –como las asambleas barriales- y a iniciativas obreras como las mencionadas empresas recuperadas por sus trabajadores. Por otro, incrementó la diversidad que había caracterizado a estos grupos desde su surgimiento, multiplicando las divisiones y reagrupamientos de distintas vertientes, frentes y coordinadoras que se conformaron a nivel local, regional y nacional. En tercer término, no siempre el aumento de la presencia en el espacio público fortaleció los trabajos territoriales de las denominadas organizaciones piqueteras. Por diferentes elementos que no analizaremos en este artículo, muchos grupos de desocupados se diluyeron a partir de 2003-2004. Sin embargo, este proceso tuvo su envés de trama ya que muchas de las organizaciones que persistieron encontraron una posibilidad, alejados de la ruta, para consolidar su trabajo a nivel territorial y comunitario y potenciar la construcción de proyectos alternativos basados en lógicas distintas a las dominantes. Por último, otras agrupaciones se acercaron al estado y ocuparon distintos lugares en su administración expresando un reposicionamiento político que inclinó a muchos grupos piqueteros hacia el apoyo al gobierno de Kirchner. Algunos autores plantean que esto significó la estatización de algunas organizaciones. Según Fornillo (2008), estas adhesiones estuvieron basadas en una reinterpretación del peronismo en clave nacional-popular. Por su parte, Pereyra, Pérez y Schuster (2008) identifican cuatro elementos que caracterizaron la dinámica de las organizaciones piqueteras luego de 2001. En primer lugar, la modificación de las formas y periodicidades de la protesta. El distanciamiento entre los sectores medios y las denominadas organizaciones piqueteras; la creciente represión que tuvo su pico en los sucesos del Puente Pueyrredón; el crecimiento económico y la impronta política del gobierno de Néstor Kirchner; produjeron una relativa desmovilización y una modificación de las formas de confrontación y acción directa. En segundo lugar, las transformaciones en la política social. En líneas generales, continuaron los planes de empleo y los subsidios que se habían gestado en la segunda mitad de los años noventa y se generalizaron en 2002. Asimismo, las organizaciones continuaron siendo un actor importante en la administración y ejecución territorial de los planes sociales. Sin embargo, “el estado retomó el control como agente organizador de la política social […] y los municipios y dirigentes políticos locales volvieron a cobrar protagonismo en la distribución de los recursos” (Pereyra, Pérez y Schuster, 2008). Además, los subsidios directos como el Plan Jefas y Jefes de Hogar –implementado a comienzos de 2002- fueron complementados con planes que buscaron apoyar emprendimientos autogestionados y cooperativas barriales como el Plan Manos a la Obra o el más reciente Argentina Trabaja. Estos planes, sumados a una recomposición de la intervención del estado en la economía que tuvo su correlato presupuestario, dinamizaron la obra pública a nivel local. En tercer término, una relativa revitalización de la participación electoral, que se revalorizó luego de la profunda deslegitimación de 2001 con el “que se vayan todos, que no quede ni uno solo”. En efecto, varios dirigentes piqueteros incursionaron en el terreno de la política electoral, aunque con magros resultados. Además, otros grupos piqueteros se transformaron en apoyos electorales para el gobierno o se integraron a las estructuras estatales como funcionarios públicos en diversos ministerios y en espacios legislativos a partir de comicios favorables tanto en Buenos Aires como en otras provincias. Por último, los realineamientos políticos que reestructuraron el campo de las organizaciones de trabajadores desocupados generando un acercamiento al gobierno por parte de varias de ellas. Así, algunos grupos se integraron al gobierno kirchnerista en diferentes funciones interpretando que sus políticas eran una continuidad del impulso transformador de 2001 y que se estaba poniendo fin a la era neoliberal. En cambio, otras agrupaciones radicalizaron sus posturas haciendo de la oposición al gobierno su principal consigna. Además, algunos movimientos reconstituyeron instancias de coordinación buscando mantener la independencia respecto del estado; y otros se volcaron al trabajo barrial a partir del cual se habían constituido y habían podido fortalecer su organización, retirándose de la movilización callejera constante. Pérez define las “huellas” o improntas que proyectó diciembre de 2001 sobre los años posteriores. Por un lado, “el fin del miedo” que había sustentado “la transición democrática” –miedo a los golpes militares, a las escaladas hiperinflacionarias, a la aceleración del proceso de “destrucción de ciudadanía”, a la “desestabilización”-. Por otro, la instauración de un “protagonismo novedoso” que aspiraba a una “democracia participativa y no tutelada” y generó la articulación de “nuevas gramáticas políticas”. En tercer término, “la autoorganización comunitaria y la autogestión obrera” como “formas de enfocar el trabajo en el capitalismo posfordista”. Por otra parte, “la dinámica asamblearia como cuestionamiento a las formas delegativas del vínculo político –clientelares o patrimonialistas- apuntado a un proceso de conformación autónomo de la voluntad política”. Por último, “un despliegue pluralista del sujeto popular que promueva la multiplicación y articulación de las luchas más que su fusión e integración corporativa al aparato del estado”. En definitiva, se condensaron “rasgos de horizontalidad y multiplicidad” que estaban presentes en la situación anterior y se actualizaron y resignificaron en una nueva composición que los potenció (Pérez, 2008). Para concluir, identificaremos algunos ecos de 2001 que aún persisten y delimitan la política argentina. En primer lugar, podemos decir que la restauración de la dominación fue difícultosa, llevó varios años recomponer el sistema político y generar las condiciones para lograr un crecimiento económico que atenúe la pobreza y mejore las condiciones de vida de la mayoría de la sociedad respetando sus diversidades. En segundo término, lo público se colocó en el centro del debate. Por un lado, emergió con fuerza y de múltiples formas lo público no estatal, los espacios comunitarios y barriales. Por otro, el estado recompuso su lugar social como promotor de políticas, compensaciones y regulaciones. Además, el espacio público se constituyó en el ámbito privilegiado en donde se dirimía la disputa política y gran parte de la vida social. El tercer rasgo que podemos destacar es que la acción directa se presentó como la modalidad más efectiva de acción política de los diversos sectores movilizados. Las instancias institucionales de mediación con el estado se demostraron insuficientes para canalizar los conflictos y las formas de acción directa (corte de ruta, tomas y ocupaciones) ganaron terreno en las protestas. Como cuarto elemento, destacamos la constitución del territorio y la comunidad como ámbitos social y políticamente significativos, que adquirieron creciente centralidad. El territorio –en tanto espacio socialmente construido y significado- se convirtió tanto en lugar de producción política de las organizaciones sociales, como de legitimación de la política estatal y partidaria. En quito lugar, se multiplicaron las experiencias de autogestión y autoorganización social, tanto sea expresadas en las fábricas recuperadas por sus trabajadores, en los espacios barriales con diversos emprendimientos productivos, y en ámbitos rurales con las organizaciones campesinas, indígenas y la producción comunitaria. El último punto que señalamos es el ya mencionado proceso de recomposición del estado, que fue paulatino pero no menos constante. En la actualidad el estado ha ganado espacio como diseñador, promotor y ejecutor de políticas públicas. Esto, si bien el agotamiento de las modalidades clásicas de representación y legitimación políticas no está superado, es reconocido por todos los sectores, a pesar de las resistencias que persisten por parte de los grupos más concentrados y privilegiados de la sociedad. Así, la legitimidad política resquebrajada fue de difícil y lento –aunque constante- restablecimiento, pero la política post 2001 no es igual a la anterior, para ser exitosa requiere asumir la mayoría de los elementos que destacamos. Entonces ya nada volverá a ser como era. Diciembre de 2001 constituye una huella perenne en la historia argentina y tanto quienes quieran estudiarla como aquellos que se propongan construir política transformadora, deberán asumirla.

martes, 25 de octubre de 2011

La política que empieza por el afecto

Entrevista publicada en el diario argentino Pagina 12 el 10 de agosto de 2009.

ENTREVISTA CON EL HISTORIADOR E INVESTIGADOR PABLO VOMMARO


La política que empieza por el afecto

Tras investigar los movimientos piqueteros, Vommaro sostiene que la politización territorial se constituye a partir de amistades y vínculos personales. “No se puede entender la política sólo desde los partidos y los sindicatos”, dice.
Por Laura Vales
Historiador, becario doctoral del Conicet, Pablo Vommaro investigó del 2001 al 2007 los movimientos piqueteros –con un seguimiento del MTD de Solano– y realiza en la actualidad una tesis sobre los jóvenes de las organizaciones de desocupados. Su contacto con estas experiencias le ha hecho descreer de los discursos que hablan de un reinado de la apatía política. Vommaro propone, en cambio, que hay que ajustar los ojos a una nueva realidad: “Hoy no se puede entender la política sólo desde los partidos y los sindicatos”, define.
–En su trabajo sobre el MTD de Solano, usted relata qué cosas hicieron a la gente ganar confianza. Le da mucho valor al afecto.
–Lo que apunté a analizar son los procesos de politización a nivel social y territorial. Trabajé en un barrio de Quilmes, buscando ver cómo se produjo su politización, que fue también la politización de la vida cotidiana, o sea de esferas que antes eran consideradas privadas. Tomé redes sociales, redes barriales que están hechas de vínculos de confianza o parentesco. Son redes de afinidad extrapolítica, pero que se transforma en política cuando se pone en juego algún tipo de disputa pública. Es decir, se pasa de tener una amistad, un vínculo de afecto o confianza a tomar la tierra para un asentamiento. Es en estos procesos donde intenté ver la politización que no se da a través del vínculo con el Estado, o de la discusión de grandes temas, ni por influencia de alguna institución partidaria, sino a partir de los vínculos próximos que se politizan. En el caso del MTD de Solano, que viene de la experiencia de la toma de tierras, encontré que en los asentamientos la afinidad religiosa era muy importante, pero era una religiosidad popular, no anclada solamente en la Iglesia Católica. También se puede mencionar la afinidad de paisanaje o de origen: los santiagueños, los paraguayos, los chaqueños, su afinidad por costumbres es un vínculo que también se va politizando.
–¿Cree que deberíamos incorporar estos elementos a lo que se entiende como político?
–Sí, creo que se debería incorporarlos si quiere leer la política hoy. Lo que intento es discutir la visión de que hay apoliticismo o apatía y también correrme de la mirada de que en los barrios sólo impera el clientelismo. Tanto la visión del clientelismo, que ve a las personas como sujetos pasivos que son manejados, como la visión política excesivamente estatalista, que deja de lado cuestiones familiares privadas, no dan cuenta de la política hoy.
–¿Por qué estos aspectos tomaron importancia?
–Por cambios que tienen que ver con el Estado, con la crisis de las instituciones de la modernidad, por una serie de cuestiones macro. Antes quizás se podía entender la política sólo desde los partidos y los sindicatos, pero hoy en día si no se incorporan estos elementos no se entiende, entonces aparecen visiones distorsionadas. Se cree que no hay participación, no hay compromiso, o que hay clientelismo o apatía, o se dice que se trata de grupos prepolíticos. Siguiendo a Alain Badiou y otros autores, defino lo que es política por tres o cuatro elementos fundamentales que estos vínculos cumplen. Primero, expresan un antagonismo o conficto social situado territorialmente o en un nivel concreto. En segundo lugar, hay organización y, en tercer lugar, hay una disputa pública.
–En la ciudad de Buenos Aires, sobre todo en el sur más pobre, hay mucha actividad barrial. Centros culturales, murgas, grupos de teatro comunitario, peñas, cooperativas. ¿Deberíamos valorizar su peso político?
–No todo es política, pero sí mucho de lo que menciona. Creo que los centros culturales, los grupos de arte callejero, son formas de expresar vínculos políticos, también algunas tribus urbanas. Si hay un conflicto, si existe organización, una expresión territorial y una construcción comunitaria, se está disputando algo de la esfera de lo político. Lo que sucede es que el conflicto social ya no se expresa solamente en la disputa por el Estado, por llegar a gobernar la Casa Rosada o la intendencia, sino que se expresa difusamente. Otro dato es que muchas de las sedes de estos movimientos son casas particulares. En Guernica, donde hay un MTD chico, esto se ve todavía más: es en la casa de Vicki donde funciona todo, es otro aspecto de una fusión de lo privado y lo público. Para mí, estos cambios deberían ser tomados por las políticas públicas, pero aún más por las organizaciones políticas.
–¿Cómo podrían hacerlo?
–Es difícil, porque deberían cambiar una serie de tradiciones en las que la construcción partidaria estuvo escindida del movimiento social. De todos modos, creo que quien lo ha entendido mejor es el peronismo. Desde esta lógica, las manzaneras fueron un paso en esa dirección. La manzanera es la respuesta a cómo politizar las capacidades femeninas del cuidado de los hijos, la alimentación, la salud, el afecto. Claro, el peronismo lo hace para dominar y controlar el conflicto, pero se puede hacer también para potenciar la propia fuerza, para generar el cambio social.
–Cuenta en su investigación que el MTD de Solano decidió abandonar los cortes de ruta. ¿Con qué consecuencias?
–Una consecuencia ambivalente o, mejor, dos o tres consecuencias que hicieron un claroscuro. La primera fue que perdió mística, porque el corte de ruta para los jóvenes era importante, lo veían como una posibilidad de realización personal y colectiva que no encontraban en otro lugar, era una posibilidad de disputar con la policía que no tenían individualmente. El palo y la capucha, que la clase media ve como algo atemorizante, funcionaba para ellos al revés, porque les daba valor, los unía e identificaba, eran todos uno. Cuando dejaron de hacer cortes yo entrevisté a muchos integrantes de los movimientos que cuestionaban esta decisión y pedían volver a la ruta, muchos. Un segundo elemento, este positivo, fue la posibilidad de reforzar el trabajo barrial. A partir de que no estuvieron tan ocupados en ir a la ruta, el MTD pudo profundizar su presencia en el territorio, ésa había sido una de las causas por las cuales tomaron la decisión de salir de la ruta. Una tercera consecuencia fue la pérdida de cierta visibilidad, con lo que perdieron también apoyos y en algunos casos fueron presa más fácil de la represión de la policía y de la coacción de los punteros, porque muchas veces es más fácil desarticular experiencias cuando no hay cortes de rutas que aglutinen y hagan visible el conflicto. Es decir, a veces la idea de conflicto se diluye si no hay un corte. Entonces, el MTD de Solano se achicó, de los seis barrios donde estaba quedó sólo en tres y con menos integrantes, pero sin embargo, los que continúan están contentos porque les permitió profundizar el trabajo barrial y no desgastarse en cortes de ruta permanentes. Están conformes. Dicen que lo que quieren es construir otra forma de vínculo social, “queremos otra forma de relacionarnos entre nosotros que no pase por la competencia, por la necesidad de pisarle la cabeza al otro, que no pase por los círculos de la droga”, que suele estar muchas veces vinculada a los punteros.
–¿Qué opina de que Macri quiera usar a la Policía Metropolitana para desalojar los cortes de calles?
–Que no va a funcionar. La calle, la ciudad como escenario de la protesta social llegó para quedarse. Creo que esto se inauguró con el Cordobazo, que fue la ocupación de toda la ciudad, no una marcha o un acto en una plaza. El 2001 lo reactualizó fuertemente. Este es un dato positivo, en el sentido de que hubo una reapropiación del espacio público por parte de los sectores excluidos, de los sectores populares. Claro que desde el poder esto es visto como algo amenazante, y aún más desde un poder reaccionario como el de Macri, porque a él no le importa que haya pobres, todo lo que le preocupa es que no se note. Con un pensamiento no exclusivo del macrismo: los otros días le escuchaba decir a (Alfonso) Prat Gay que hay muchos pobres pero que hay pobres que hacen emprendimientos, con una visión de que el buen pobre es el pobre dócil, el que se conforma con una changuita. Entonces, Prat Gay con una visión más humanista y Macri con una visión más reaccionaria están diciendo lo mismo, que “hay que ordenar”. Les importa el orden, no solucionar el problema social. Por eso, la Policía Metropolitana no va a tener éxito, podrá reprimir pero la ciudad va a seguir siendo escenario de la protesta social. ¿Qué más represión que la del 2001, con 35 muertos? Y sin embargo siguió habiendo cortes en el 2002, en el 2003, en el 2004, y hoy creen que la solución es hacer una policía para los cortes.

lunes, 16 de agosto de 2010

Política, territorio y comunidad

RESUMEN DE MI TESIS DOCTORAL

Política, territorio y comunidad: las organizaciones sociales urbanas en la zona sur del Gran Buenos Aires (1970-2000)


La Tesis estudia la historia reciente de las organizaciones sociales urbanas de base territorial (constituidas a partir de las relaciones sociales producidas en el espacio barrial socialmente construido) y comunitaria (que expresan y conforman redes de relaciones sociales que constituyen lo común en el territorio) en Quilmes (zona sur del Gran Buenos Aires) entre los años setenta y los dos mil. Para hacerlo, examina las relaciones entre sus características productivas (que expresan la territorialización y difusión social de los procesos productivos hacia la esfera de la reproducción, propias del capitalismo posfordista contemporáneo), políticas (organizativas, que expresan el antagonismo social en el territorio), y subjetivas (conformadas a partir de relaciones comunitarias ylógicas no mercantiles). Lo hace en el contexto más amplio de determinadas transformaciones del sistema capitalista en el período, que se manifiestan específicamente en el caso de estudio en un proceso de territorialización de la producción y la política a partir del cual se constituyen lógicas sociales alternativas a las capitalistas dominantes.
Asimismo, la Tesis rastrea el origen, continuidades y rupturas de las formas organizativas que se dieron políticamente en la zona seleccionada entre 1970 y 2000. Éstas están caracterizadas, según distintos niveles de análisis, por: la horizontalidad, la democracia directa (participación de todos en el proceso de toma de decisiones y en la ejecución de lo resuelto; aparece una tensión entre participación y delegación o representación, las que surgen en tensión con la participación directa), formas de acción directa (tomas de fábricas, tomas de tierras y cortes de ruta), la política con el cuerpo (quien no está presente no participa de la toma, del asentamiento, de las asambleas, de los cortes y de los diversos espacios en los que se decide la vida cotidiana en el plano colectivo), organización asamblearia, importancia de la formación y la capacitación auto-gestionadas, autonomía (que es entendida como un horizonte de construcción política en sus diversas acepciones: respecto del estado, los partidos políticos y sindicatos, la Iglesia y también del capital), tendencia a la auto-organización, entre otras.
Esto habla también de un proceso de ampliación de las fronteras de lo político, de una politización de la vida cotidiana y el espacio social que diluye los límites entre lo público y lo privado. De esta manera, identificamos una lógica, que abarca elementos relacionados con la producción, lo político y las subjetividades, que denominamos político-social, para distinguirla de la político-partidaria. La lógica política-social está ligada al (y surge del) territorio y la comunidad; la político-partidaria se vincula con las instituciones estatales y es relativamente externa a la construcción territorial y comunitaria. Entre ellas existen relaciones de tensión y, a veces, contradicción.
Una de nuestras principales hipótesis de trabajo en relación al problema que abordamos en la Tesis es que a partir de las transformaciones del sistema capitalista y de los procesos de trabajo y producción en la Argentina y el mundo en los últimos treinta años, se consolidó un proceso que tendía a la confluencia entre espacio de producción (anteriormente la fábrica) y espacio de reproducción (barrio, territorio). Con los cambios en los modos de acumulación y la aparición de nuevas formas productivas, el lugar del trabajo y la producción se difundió integralmente por todas las esferas de la vida del sujeto y la sociedad. Es decir, el tiempo y el espacio de trabajo confluyeron con el tiempo y el espacio de la integralidad de la vida. Esto generó mutaciones que abarcaron las dimensiones políticas y subjetivas de lo social.
Por otra parte, en nuestro estudio de las configuraciones políticas y subjetivas identificamos que el protagonismo juvenil –de los jóvenes en tanto sujeto social adquiría un lugar creciente a medida de avanzamos temporalmente en nuestra investigación, por lo cual lo incorporamos como una dimensión significativa de nuestro trabajo. Esto se debió a que en el proceso de investigación descubrimos que los y las jóvenes eran protagonistas importantes de los procesos de politización (organización) que estudiamos. Este aumento de la participación juvenil en las experiencias de organización territorial y comunitaria en el período conformó las formas particulares de subjetivación política que mencionamos más arriba, las cuales se expresan más claramente entre las y los jóvenes organizados que en otros grupos sociales. Al indagar en las características de esta participación política y social juvenil encontramos útil la noción de generación. Una generación puede ser entendida a partir de la identificación de un conjunto de sujetos que comparten un problema y emprenden, a partir de reconocerlo y reconocerse, una búsqueda común para superarlo. El vínculo generacional se constituye como efecto de un proceso de subjetivación, ligado con una vivencia común en torno a una experiencia de ruptura, a partir de la cual se crea la necesidad de instituir una práctica disruptiva, alteradora y alternativa: crear, innovar, reinventar. Esto se tradujo en las prácticas y acciones colectivas analizadas que están caracterizadas por los elementos políticos y subjetivos que expresan los cambios productivos que mencionamos.
Resumiendo, con nuestra investigación logramos establecer los elementos que caracterizaron las configuraciones políticas, subjetivas y productivas de las organizaciones sociales urbanas en la zona Sur del Gran Buenos Aires en relación con las transformaciones y mutaciones del sistema capitalista en los últimos treinta años, identificando cambios, singularidades y permanencias entre fines de los años sesenta y mediados de los años dos mil. Así, sostenemos que el surgimiento de las organizaciones sociales en el presente no está ligado sólo a reacciones ante políticas coyunturales, sino que es parte de un proceso de transformación de las modalidades de organización social de mediano y largo plazo, cuyas características pueden rastrearse entre fines de los sesenta y comienzos de los setenta, y que, como parte las mutaciones generales del sistema capitalista, está anclado en los procesos territoriales y comunitarios.